El Dolor que se Hereda: Cómo el Trauma de Nuestros Ancestros Vive en Nosotros
- Juanita Berríos
- Aug 7
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Por: Juanita Berríos Rivera, M.A., CCC, CEP, P.h.D. (c)
¿Alguna vez te has sentido profundamente triste sin razón aparente? ¿Has notado patrones de miedo, ira o bloqueo emocional que no parecen tener origen claro en tu historia personal? Es posible que estés cargando algo que no comenzó contigo: el trauma heredado. La ciencia comienza a ponerle nombre y evidencia a una experiencia que muchas personas han intuido por generaciones. Lo que vivimos no siempre es solo nuestro. El cuerpo, el cerebro y hasta los genes llevan memoria.
Lo que se hereda no siempre es visible
Tradicionalmente se pensaba que la herencia genética solo determinaba aspectos físicos como el color de ojos o la estatura. Sin embargo, hoy sabemos que también existen huellas invisibles que se transmiten de generación en generación: estados emocionales no resueltos, estrés extremo, negligencia o experiencias dolorosas vividas por nuestros padres, abuelos o bisabuelos. La epigenética —una rama de la ciencia que estudia cómo el ambiente puede influir en la expresión de los genes— ha demostrado que vivencias traumáticas pueden modificar el funcionamiento de nuestro ADN sin alterar su estructura, activando o silenciando genes clave en la regulación emocional, la resiliencia y la respuesta al estrés.
En palabras del neurocientífico David Bueno Torrens: “Los traumas y los entornos educativos de la primera infancia afectan el desarrollo cognitivo y emocional al dejar una huella epigenética en los genes relacionados con el comportamiento, la depresión y la regulación del estrés.
El trauma y el cerebro: una conexión heredada
Nuestro cerebro se forma a partir de instrucciones genéticas, pero también de lo que vivimos. Las experiencias tempranas y las de nuestros ancestros pueden moldear nuestra arquitectura neuronal de formas sutiles pero profundas. Por ejemplo, estudios han demostrado que el abandono infantil, la crianza hostil o el acoso escolar generan modificaciones epigenéticas en genes como el del receptor de glucocorticoides, que regula la respuesta al estrés. Estas alteraciones pueden predisponer a una persona a estados de ansiedad crónica o depresión en la adultez. Lo más impactante es que estas marcas no terminan con quien las sufre: pueden transmitirse biológicamente a sus hijos, influenciando su salud mental incluso antes de nacer.
Historias que no comenzamos, pero que vivimos
Imagina una madre que sufrió abandono emocional. Ella desarrolla una forma de apego inseguro, miedo al rechazo y una hipervigilancia constante. Años después, tiene una hija a quien ama profundamente, pero su sistema nervioso ya ha sido condicionado por el miedo. Esa hija, aunque no haya sido abandonada, podría experimentar una angustia inexplicable ante la cercanía emocional, repitiendo sin saberlo el ciclo. Estas dinámicas son comunes en familias donde hay historias de violencia, migraciones forzadas, pobreza extrema, abuso o negligencia. Muchas veces decimos “es que en mi familia siempre ha habido ansiedad” sin saber que quizás no es solo un rasgo de personalidad, sino una respuesta aprendida y heredada al dolor no resuelto.
La ciencia lo confirma: la herencia emocional existe
David Bueno resalta que las modificaciones epigenéticas son adaptativas, es decir, el cuerpo intenta protegerse frente al entorno hostil en el que crece. Sin embargo, esas adaptaciones, que quizás sirvieron a nuestros abuelos para sobrevivir una guerra o una pérdida, pueden no ser funcionales en nuestras vidas actuales. Por ejemplo, se ha demostrado que la metilación del ADN afecta la memoria, la atención, y la regulación emocional. Esto puede traducirse en dificultades para mantener la calma, pensamientos intrusivos o respuestas desproporcionadas al estrés.
Cuando el miedo se hereda: lo que reveló la ciencia con ratones
Uno de los estudios más impactantes sobre trauma heredado fue realizado por los neurocientíficos Brian Dias y Kerry Ressler en 2014. En este experimento, se expuso a ratones adultos al olor de un químico (acetofenona) junto con una descarga eléctrica leve, generando una asociación de miedo al olor. Lo sorprendente fue que, sin haber estado expuestas nunca al olor ni al trauma, las crías de estos ratones también mostraban una respuesta de miedo intensa ante ese mismo olor. Más aún, se detectaron modificaciones epigenéticas en los espermatozoides del padre, y cambios estructurales en el cerebro de las crías. Este estudio no solo confirmó que el trauma puede transmitirse biológicamente, sino que lo que no se expresa emocionalmente en una generación, puede manifestarse como una respuesta automática en la siguiente. Lo que aprendemos emocionalmente también se escribe en nuestros genes.
Y es importante recalcar: esto no significa que estemos condenados a repetir la historia. Al contrario. La misma ciencia que confirma la existencia del trauma heredado, nos ofrece esperanza.
Lo que comienza en el dolor, puede terminar en conciencia
Gracias a la plasticidad cerebral, es posible modificar los circuitos neuronales que sostienen estos patrones. El cerebro cambia cuando cambiamos la forma en que vivimos, pensamos y sentimos. La terapia, el acompañamiento emocional, las prácticas de conciencia plena, las relaciones sanas, la alimentación y el movimiento consciente son formas de reprogramar nuestro sistema nervioso. Literalmente, podemos enviarle señales nuevas al cuerpo para que entienda que el peligro ya pasó.
No se trata solo de sanar lo que nos pasó, sino también lo que nuestros antepasados no pudieron sanar.
Sanar no es olvidar, es reescribir
Sanar el trauma heredado no implica cortar con nuestras raíces, sino liberar a las generaciones futuras del peso que no les corresponde. Cuando una persona decide detenerse, observar sus patrones, cuestionar sus pensamientos, honrar sus emociones y pedir ayuda, no solo sana por ella. Sana por todos los que vinieron antes… y por los que vendrán después.
Porque la herencia más poderosa no es el dolor, sino el coraje de transformarlo. No tienes que seguir cargando con lo que duele. La sanación es posible.
Referencias
Bueno, D. (2020). Genética y aprendizaje: Cómo influyen los genes en el logro educativo. JONED. Journal of Neuroeducation, 1(1), 38–51. https://doi.org/10.1344/joned.v1i1.31788
Hein, S., et al. (2018). Negative parenting modulates the association between mother’s DNA methylation profiles and adult offspring depression. Developmental Psychobiology. https://doi.org/10.1002/dev.21789
Dias, B. G., & Ressler, K. J. (2014). Parental olfactory experience influences behavior and neural structure in subsequent generations. Nature Neuroscience, 17(1), 89–96. https://doi.org/10.1038/nn.3594




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